El ángel, llamado Zabulón, apretó la espada. —Pero la oración de la abuela, la que murió hace un año, sigue viva como un muro. No puedes cruzar.
En el pueblo de Villa Luz, todos conocían a la familia Rivas. Eran humildes, trabajadores, y cada domingo ocupaban la tercera banca de la iglesia pequeña que olía a madera vieja y esperanza. Pero nadie sabía que sobre su hogar se libraba una batalla que no podían ver.
A las 3:33 a.m., Elena se levantó. No con fe heroica, sino con un susurro: —Señor, no entiendo. Pero Tú sí. Ayúdame.
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